Para aguantar más en mi empresa de retorno, decido cruzar por el pequeño centro comercial que obstaculiza mi paso hacia el metro. Dentro, la ficción del éxito temporal empieza a adueñarse de mí. El aire acondicionado, deux ex machina, parace haber oído mis plegarias. Pero no es el fin, sino el medio, y aún queda trecho. Entre campechanos que almuerzan o apuran su último chiquito, me acerco a las escaleras mecánicas de esta planta baja del complejo por donde entré para acceder al primer piso que, salvando el desnivel entre calles, da salida a la boca del metro.
Una longa estantería ocupa parte del pasillo, con decenas, incluso cientos, de libros a precio siempre de ocasión. En una apartada orilla, guías de viaje, idiomas y libros de sudoku. Y dos columnas más allá, de frente, la bochornosa realidad. Como casi de costumbre, alguien repartiendo algo. A estas horas no son ya, desde luego, periódicos, sino generalmente publicidad de todo tipo: gimnasios, ferreterías, floristerías, tiendas de belleza, de ropa de moda, centros de estéticas e incluso alguna vez un brujo nigeriano que por módicos precios hace de todo o casi todo. Mas esta vez no, no era nada de todo esto. Ni siquiera eran folletos municipales sobre el tranvía, ni el curioso hombre burgalés que lleva años anunciando el fin del mundo —de quien, qué duda cabe, algún día hablaré largo y tendido—, ni tan siquiera los pseudo comunistoides de UCE, que uno te entrega sonriente su libelo y dos pasos más allá otro, u otra, al grito de «compañero, la voluntad, mínimo 1,50€» pone el cazo; no, esta vez no.
Era un hombre que sonreía y, por supuesto, repartía papeles, y fue su lema, su muletilla, que repetía incansablemente cada vez que alguien le cogía —o hacía ademán de— un papel: «Use Linux. Es mejor».
Con mueca irónica, y olvidándome del calor y sus efectos, atravesé los cinco pasos entre la salida del centro comercial y la entrada al metro. Mientras le tomaba una de las cuartillas y me repetía su lapidaria frase, le inquerí: «¿mejor que qué?». Extrañado, dejó de por un momento de prestar atención a los transeuntes, ya no repartía, me miró, apenas un segundo, y estupefacto, pero quizá en su interior alegre de que alguien se interesase, respondióme contundente: «Mejor que Windows». Una respuesta demasiado simplista para mi gusto; «¿por qué», le pregunté, y ya mosqueado, con los ojos entornados, como si se viera atrapado, acorralado y sin salida, consciente de que se adentraba en un interrogatorio largo y pérfido del que dificilmente escaparía sin humillación*, afirmó tajante: «Es libre y es el futuro», y apartándome la mirada, volvió a su repetitiva tarea de repetir, sonreír y repartir.
Algo confundido aún por la actitud del hombre bajé por las escaleras, me quité las gafas de sol, y leí el papel. Anunciaba una especie de asociación que ofrecía cursos de manejo de sistemas GNU/Linux.
Consideraciones
1.º Defiendo y utilizo el software libre y el código abierto (¡Debian!)
2.º Estimado eZcritor, como dijo otro escritor:
Toda generalización es peligrosa, especialmente esta.
(Mark Twain)
No confundas un elogio con una crítica, pues es el oasis en el desierto el que impulsa al desanimado sediento a caminar en busca de agua.
Por lo otro, gracias mil.
Sucedió un lunes, 5 de julio, del año del Señor de 2006.
(*) Interpretación del autor, un servidor.
